Hoy entrevisto a Leopoldo Abadía, quien prácticamente no necesita presentación. Doctor Ingeniero Industrial, Profesor de Política de Empresa, conferenciante, escritor y patriarca de una gran familia, comparte con nosotros algunas reflexiones sobre la empresa familiar. Video 1 de 3.

La clave del éxito de Leopoldo Abadía

José  María Fité: eres Doctor Ingeniero Industrial. Has sido creador, impulsor y fundador de una de las mejores escuelas de negocios del mundo. Eres también además fundador de otro proyecto triunfante como es una familia tan extensa como la tuya. A tu tierna edad de 70 u 80 años [Leopoldo Abadía sonríe], en lugar de jubilarte como todo el mundo, has decidido ir adelante y triunfar de nuevo, otra vez, en otro proyecto. Yo querría hacerte una pregunta, muy brillante: ¿cuál es el truco?

Leopoldo Abadía: [ríe] Yo creo que no hay truco. Hombre, mira, vamos a ver, una cosa que tiene que quedar clara es que yo no he planificado nada de todo esto. Esto fue una cosa que me preguntó Risto Mejide, “¿usted ha planificado…?” ¡Nada! Yo lo único que planifiqué fue estudiar, porque yo soy ingeniero textil. Lo que pasa es que los textiles ahora se llaman industriales. Ha sido un cambio de nombre; o sea: yo soy ingeniero industrial porque me han cambiado el nombre. Cuando estaba acabando el colegio, teníamos una tienda de confección en Zaragoza y otra en San Sebastián, y entonces mi padre me dijo: “Si te animas y estudias ingeniería textil, montamos entre tú y yo una fábrica de confección.” Me hizo ilusión trabajar con mi padre y entonces estudié ingeniería textil. Lo que pasa es que en cuarto curso, cuando faltaba un año para acabar, mi padre tuvo un accidente y se murió. Con lo cual se acabó la fábrica y se acabó lo único que he planificado en mi vida [se ríe]. Entonces me fui a trabajar a la tienda; aunque no me gustaba estuve allí 6 años, en Zaragoza. Luego me salió una cosa aquí [en Barcelona], de acompañar a unos americanos en el plan de reestructuración de la industria textil algodonera y estuve con ellos 9 meses. A los 9 meses me ofrecieron ir al IESE y me fui al IESE. Y 31 años más tarde, aquí me tienes.

Hice una cosa para entenderla yo

Llega el momento en que estoy trabajando en mi casa y se me ocurre escribir una cosa para entenderla yo. Yo tenía ya un diccionario que era para mi; cortar y pegar. Cuando leía una cosa en la prensa, si yo la entendía la copiaba. Siempre pongo el mismo ejemplo: “concurso de acreedores”, y yo ponía entre paréntesis: “la antigua suspensión de pagos”, yo copiaba eso sin ningún afán científico. Así elaboré un diccionario que en aquel momento tendría unas 300 ó 400 voces. Entonces se me ocurrió añadir la voz “crisis”, y a base de cortar y pegar y poner unos cuantos comentarios así, me salió un documento de 6 páginas en vez de 4 líneas. Sin firmar, se me ocurre mandárselo a un amigo mío, quien a los pocos días me puso un correo y me dijo: “oye, me ha gustado mucho y se lo he mandado a 2 amigos míos”. Al cabo de unos días Fernando, mi hijo, tu amigo, me llama y me dice: “Papá, tu documento está corriendo por Barcelona”. Yo entendía que se refería al del bar de abajo y… no sé! [ríe], corría por Barcelona.

Buenafuente, Susana Griso, Espasa

Y resulta que al cabo de 15 días recibimos un correo, no sé de quién, que nos mandaba el documento y decía: “Quizá os interesará. No sabemos quién lo ha escrito pero, por el estilo, ha debido ser un joven estudiante universitario”. Ese era yo. [reímos los dos]. Ahí empezó lo de Buenafuente, lo de Susana Griso en Espejo Público, los de Espasa me hicieron hacer un libro… Digo “me hicieron” porque yo no había escrito nada nunca en mi vida, me dijeron: “no se preocupe que le ayudaremos”. Y la ayuda era meramente cariño, “venga, ánimo, ánimo”. El libro se vendió muy bien y así empezó todo. Yo tenía 74 años y medio, ahora tengo 85 y medio, pues han pasado 11 años.